El Domingo del bautismo
del Señor es el "primer" Domingo del Tiempo ordinario.
No
sin razón teológica forma parte todavía del ciclo de la Epifanía y en cierto
modo es su conclusión.
Es
el inicio y la confirmación en el Espíritu Santo de la misión del Mesías.
El
Hijo de Dios se ha manifestado al mundo y al mismo tiempo nos manifiesta al
Padre.
Y
es esto lo que subraya la Liturgia: una verdadera teofanía de la Trinidad.
El
cielo rasgado pone al descubierto el misterio de Dios.
Jesús
se revela como Hijo del Padre y Ungido del Espíritu.
El
Padre manifiesta su complacencia en el Hijo muy amado.
Es
inexplicable que en la reforma litúrgica este Domingo no tenga el rango de
solemnidad ya que se trata de un misterio mayor de la vida del Señor: su
bautismo prefiguraba el nuestro.
En
la oración colecta se ruega: "Concede a tus hijos de adopción,
renacidos del agua y del Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolència".
Hoy
es un día apropiado para rememorar nuestro Bautismo. Rememorar, no renovar.
Será
durante la Vigilia pascual cuando los cristianos renovemos propiamente, en
sentido teológico fuerte, nuestras promesas bautismales.
Un
signo apropiado para esta rememoración es la bendición y asIGpersión del agua
al inicio de la Eucaristía, en lugar del acto penitencial.
Misa: Is 42, 1-4. 6-7;
Sal 28, 1b y 2. 3ac-4. 3b y 9c-10; Hch 10, 34-38; Mt 3, 13-17
Hoy,
en el bautismo de Jesús, se realiza la segunda epifanía, el cielo se abre: el
Padre confirma y acepta la alianza de Jesús, "conviene que así
cumplamos toda justícia", lo reconoce como el hijo amado y, con la
donación del Espíritu Santo, lo unge como Mesías.
El
relato deviene icono de la santa Trinidad.
"Convenía",
este verbo es muy propio de Mateo, la obediencia de Juan, porque por él la fe
de Israel, como en el seno de María en la Anunciación, se abriera al Mesías.
Él
cumple la alianza de Israel largamente rota y asume la misión de iluminar los
pueblos.
He
aquí que el Señor ilumina la historia trágica de Israel y también la historia
trágica del mundo, abriendo "los ojos de los Ciegos", de
quienes vivían encerrados en sí mismos, y "liberando de la
prisión a los que habitan en tinieblas".
En
la segunda lectura, escuchamos la pre-dicación de Pedro en la casa de Cornelio,
el centurión pagano: "Dios no hace acepción de personas, sinó que acepta
al que lo teme y practica la justícia, sea de la nación que sea".
También
proclama a Jesús de Nazaret, ungido en el Jordán, "que pasó haciendo el
bien, curando y dando la libertad a todo el mundo porque Dios estaba con él".
El
bautismo del Señor es el inicio del Misterio de Pascua, cuando el Señor será
bautizado en la muerte para resucitar glorioso y dar el Espíritu Santo.
Prefigura
el bautismo de la Nueva Alianza cuando los creyentes, sumergidos en la muerte y
en la resurrección de Cristo, oyen la voz del Padre: "Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco".
"Hijos
e hijas en el Hijo", son ungidos por el Espíritu en la crismación y
participan de la misión de Cristo en la Iglesia.
La
Liturgia, hoy, emplea en abundancia el Salmo 28 y lo aplica al misterio del
Jordán, donde se ha escuchado la voz de Dios, pidiendo que la bendición que
dirigimos a Dios se transforme en bendición para nosotros, una bendición de
paz, "shalom".
La
bendición siempre vuelve a quien bendice: "El Señor bendice con la paz".
La
teofanía de Jesús en el Jordán llena de gozo toda la Iglesia.
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