DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO
El II Domingo del
Tiempo ordinario participa en los tres ciclos del resplandor de la Epifanía.
Las primeras manifestaciones de Jesús revelan su gloria como Mesías.
Las antífonas de entrada y de comunión evocan todavía el misterio de la
manifestación del Señor.
Es característico que los Evangelios, en los tres ciclos, pertenezcan al IV
Evangelio: "el Evangelio de los signos y de la gloria".
Misa: Is 49, 3. 5-6; Sal 39, 2 y 4ab. 7-8a. 8b. 9. 10; 1 Cor 1, 1-3; Jn 1,
29-34
El resplandor de la teofanía del Señor justifica que se proclame un
fragmento del IV Evangelio.
Juan, el Precursor, presenta Jesús al pueblo: venía de los silencios y le
señala como "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
Juan no lo conocía, aunque Lucas cuenta que era pariente suyo y, por tanto,
significa que no sabía que era el Mesías.
Sin embargo, el precursor del Señor tiene tres indicios: el Señor "existía
antes que él y está por delante de él; ha visto al Espíritu que bajaba del
cielo como una paloma y se posaba sobre él"; y ha oído la voz del
Padre que se lo indicaba.
Con ello le es revelado que él ya existía, esto es, que venía del Padre, de
su eternidad.
Él "existía antes" porque el Verbo no fue creado, sino
engendrado.
Verbo subsistente con el Padre en una relación de conocimien- to y de amor,
"perichoresi".
Él es el Mesías, el Ungido, y por esta condición puede "quitar el
pecado del mundo".
El pecado del mundo, también nuestro, lo llevará a la Cruz: para redimirnos
y darnos nueva vida.
Cordero de la nueva Pascua, Cordero que en el designio del Padre es
inmolado desde la creación del mundo (Ap 13,8).
Este es el destino del siervo de Dios según Isaías, en la prime- ra
lectura.
La teofanía del Jordán, según el IV Evangelio, es también trinitaria: la
del Padre que revela al Hijo en el Espíritu Santo.
Este Evangelio es un icono de la Santa Trinidad.
Por ello, la bendición que Pablo da a los Corintios es la del Padre, y la
del Hijo, con la gracia y la paz del Espíritu Santo.
Los cristianos, convocados en la Iglesia, "santificados en
Jesucristo y llamados santos", son testigos, heraldos y precursores del
Señor que viene.
Todos hemos de cantar con el Salmo: "Aquí estoy, Señor, para hacer
tu voluntad".
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