El apóstol Santiago menciona
en la segunda lectura la "reunión litúrgica" en la cual, por el
mandamiento divino, no debe haber acepción de personas ya que "los pobres
de este mundo los ha elegido para ser ricos en la fe y herederos del Reino".
Somos por consiguiente
"príncipes".
El Evangelio tiene una clara
significación litúrgico-sacramental.
El Señor, con un gesto
sacerdotal, mira al cielo y con la palabra "Effetá" destraba la boca
del mudo y abre sus oídos.
Lo hace con su saliva, que
contiene su hálito divino.
Así el Señor, por los
sacramentos de la Iniciación cristiana, abre los oídos del creyente para
escuchar la Palabra de Dios, y su boca para cantar su alabanza.
Es Dios quien abre los labios
para cantar su alabanza, como se dice en el "Invitatorio".
Tanto el signo como la
palabra "Effetá" pasaron a la liturgia bautismal.
El corazón de la Iglesia
canta en el Salmo responsorial: "Alaba, alma mía al Señor".
La gente, admirada "en
el colmo del asombro" decían de Jesús "todo lo ha hecho bien",
que recuerda la bondad de la primera creación: "Vio Dios que era
bueno".
El sordomudo anticipa la
humanidad nueva, recreada y santificada por el Señor.
La fe y la gracia nos hacen
capaces de escuchar la Palabra de Dios, de ser oyentes de la Palabra y oficiantes
de una Liturgia de alabanza.
El contexto bautismal de la
Liturgia de la Palabra de hoy se confirma con la antífona de comunión que reza:
"como la cierva busca corrien- tes de agua".
Es el Salmo de la procesión
-en la noche pascual- al baptisterio, y de los sedientos de Dios, quienes sólo
se sacian en este mundo con las aguas del Bautismo y con el Banquete
eucarístico.
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