Este Domingo, en el "Ordo Vetus", comenzaba el Tiempo de Pasión y se llamaba Domingo I de la Pasión del Señor.
Antes de la configuración plena de la Cuaresma era el núcleo más antiguo de la preparación para la Pascua, que consistia, entre otras prácticas, en el ayuno de 12 días que terminaba con la comunión eucarística en la aurora de Pascua.
También se velaban las cruces para preparar la solemne ostensión y adoración de la Cruz el Viernes Santo.
Como indicios del antiguo tiempo de Pasión queda la obligatoriedad de usar el Prefacio I de la Pasión del Señor en las ferias, la posibilidad de utilizar la himnodia de la Semana Santa en el Oficio, y también la eventual velación de las imágenes.
La espiritualidad litúrgica eclesial va desplazándose, sin romper la unidad de la Cuaresma, hacia la celebración de la Pascua del Señor: su Muerte y su Resurrección.
Por ello, la piedad extralitúrgica debe ser catequizada, llevándola hacia la Liturgia, procurando evitar así una visión exclusivamente “pasionista” y poco pascual.
Misa: Ez 37, 12-14; Sal 129, 1b-2. 3-4. 5-7ab; 7cd-8; Rom 8, 8-11; Jn 11, 1-4
bien, más breve: Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45)
La resurrección de Lázaro es el último signo de Jesús antes de su pasión, el séptimo “signo”, y es motivo de su detención (Jn 11, 47-56).
Quien va al encuentro de la muerte quiere ver la muerte cara a cara.
Jesús se manifiesta conmovido debido al terrible poder del "último enemigo" (1 Cor 15,26): sus lágrimas manifiestan su humanidad en sentido dogmático.
Jesús manifiesta su poder sobre la muerte, lo hace desde su oración, y habiendo hecho retirar la losa, da la orden: "Lázaro, sal afuera".
Su poder sobre la muerte forma parte de su misión, pero no será un poder lleno, Lázaro volverá a morir, hasta que, exhalando el Espíritu Santo hacia Dios, el Padre, y hacia la Iglesia, muera en la Cruz.
Entonces se manifestará como la Resurrección y la Vida.
En cierto modo, Jesús, en la noche santa, dirá a la Iglesia: "Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?"
Esta es la pregunta. Marta, esto es, la Iglesia, responderá: "Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo".
En la primera lectura, Ezequiel anuncia el misterio de la resurrección y, en el Salmo, el creyente, desde el abismo de la muerte, canta: "Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa".
En la segunda lectura, san Pablo enseña los misterios de la vida eterna diciendo: "El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará la vida a vuestros cuerpos mortales, gracias al Espíritu que habita en nosotros".
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