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miércoles, 29 de julio de 2026

EN RECUERDO A MARÍA JOSÉ!!!

 


Hay personas que dejan una enseñanza tan sencilla como definitiva. La de María José Soriano la recibí una mañana, pocos días antes de la Semana Santa, delante de la imagen de un Cristo yacente en la exposición El Hombre de la Sábana Santa. Cuando me comunicaron su fallecimiento, en aquel instante regresó a mi memoria con una nitidez inesperada. Comprendí entonces que, sin proponérselo, me había regalado una de las mejores explicaciones del misterio de la Pasión de Cristo.

Durante la Cuaresma y la Semana Santa de 2024, la Diócesis de Teruel y Albarracín organizó esta exposición dedicada a la Síndone de Turín. Me pidieron colaborar como guía para acompañar a los visitantes a lo largo del recorrido. La muestra presentaba la historia de la SábanaSanta, las investigaciones científicas realizadas sobre ella y, sobre todo, el significado espiritual de aquel lienzo que, para millones de cristianos, remite al cuerpo de Cristo después de su crucifixión. Más que una exposición histórica, era una invitación a contemplar el amor llevado hasta el extremo.

Preparé cuidadosamente las visitas. El momento más sobrecogedor llegaba siempre ante una escultura de tamaño natural que representaba a Jesús recién descendido de la cruz. Allí me detenía para mostrar una a una las heridas: las manos atravesadas por los clavos, los pies, la lanzada del costado, las rodillas marcadas por las caídas, la cabeza lacerada por la corona de espinas. Mediante preguntas intentaba que los visitantes imaginaran el sufrimiento físico que había soportado aquel hombre.

Entre los grupos que acudieron aquellos días había varios del Colegio Las Viñas de Teruel. Uno de ellos iba acompañado por María José Soriano, profesora muy querida por generaciones de alumnos y profundamente comprometida con su educación humana y cristiana. Entonces apenas la conocía. Bastaron unos minutos para comprender por qué tantas personas hablaban de ella con tanto cariño.

Mientras explicaba las heridas de Cristo, María José me interrumpió con delicadeza. Lo hizo con la cercanía de una maestra acostumbrada a enseñar sin imponerse. Quizá temía que los alumnos terminaran contemplando únicamente un cuerpo torturado, como si todo pudiera reducirse a una descripción anatómica o forense.

Con pocas palabras dirigió la mirada de aquellos jóvenes hacia lo verdaderamente importante. Les recordó que cada una de aquellas heridas tenía un sentido porque nacía de una decisión libre de amar. Les habló del porqué de aquel sufrimiento, del amor que daba significado a cada golpe, a cada llaga, a cada gota de sangre. La cruz —les decía— no es solamente el lugar donde un hombre muere; es el lugar donde Dios manifiesta hasta dónde está dispuesto a amar a cada persona.

Mientras hablaba, permanecí en silencio. Comprendí que acababa de expresar, con una sencillez admirable, aquello mismo que yo intentaba transmitir durante toda la visita. Sin el amor, las heridas de Cristo son únicamente el relato de una terrible ejecución. Con el amor, esas mismas heridas se convierten en la mayor manifestación de esperanza que ha conocido la humanidad.

Con el paso de los días seguí pensando en aquella intervención. Poco a poco comprendí que no había sido un comentario improvisado, sino el reflejo de toda una vida.

Quienes han dedicado su vida a la enseñanza saben que los momentos más importantes casi nunca aparecen en las programaciones, ni pueden medirse en un boletín de notas. Suelen ocurrir en un pasillo, al terminar una clase, durante una excursión o cuando un alumno, por fin, se atreve a formular la pregunta que llevaba mucho tiempo guardando en el corazón.

Me gusta pensar que María José vivió muchas escenas como esas. No porque conozca cada una de ellas, sino porque bastó escucharla unos minutos delante del Cristo yacente para comprender que aquella manera de enseñar no había nacido aquel día. Era el fruto de una vida entera educando la inteligencia, pero también el corazón.

Los buenos maestros no se limitan a transmitir conocimientos. Enseñan a mirar. Y existe una diferencia profunda entre ver y mirar. Ver es descubrir lo que está delante de los ojos; mirar es aprender a reconocer el significado de lo que contemplamos. Ver descubren los ojos; mirar lo aprende el corazón. Aquella mañana, delante de la imagen de Cristo, María José enseñó precisamente eso: a no quedarse en las heridas, sino a descubrir el amor que les daba sentido.

Durante muchos años desarrolló su labor educativa en el Colegio Las Viñas de Teruel y desempeñó también la Delegación de Familia y Vida de la diócesis. Allí acompañó a generaciones de niños y jóvenes, no solo en las aulas, sino también en la catequesis, las convivencias, las campañas solidarias y las celebraciones litúrgicas. Quienes compartieron con ella esos años recuerdan su cercanía, su capacidad para escuchar y esa forma tan suya de hacer preguntas que invitaban a pensar un poco más allá de las respuestas fáciles.

Amaba profundamente la vida. Pero ese compromiso no nacía de una idea que hubiera que defender, sino de una convicción mucho más honda: cada persona posee una dignidad infinita porque ha sido amada por Dios. Por eso supo dedicar tantas energías a acompañar a las familias y a promover la cultura de la vida, especialmente allí donde era más vulnerable.

Quizá por eso resulta tan elocuente el último mensaje que quiso dejar. Antes de morir pidió que, en su funeral, no hubiera coronas ni ramos de flores. Prefería que el dinero destinado a ellas se entregara para ayudar a madres sin recursos. Incluso entonces quiso que el afecto recibido se transformara en vida para otros.

Hay decisiones que resumen una existencia entera. Esta fue una de ellas. La misma mujer que, delante de un Cristo yacente, enseñó a sus alumnos a descubrir el amor escondido tras las heridas, quiso que su despedida no hablara de flores que se marchitan, sino de vidas que pudieran florecer gracias a la generosidad de muchos.

Vivimos en un tiempo en el que abundan las informaciones y los análisis. Podemos conocer con detalle los aspectos históricos de la Pasión, las investigaciones realizadas sobre la Síndone o las explicaciones médicas de la muerte de Jesús. Todo ello tiene un enorme interés. Pero, si olvidamos la pregunta decisiva, corremos el riesgo de saber mucho y comprender muy poco.

¿Por qué aceptó Cristo aquel sufrimiento?

La respuesta que María José ofreció espontáneamente a sus alumnos sigue resonando hoy con la misma fuerza.

Por amor.

Por amor se vive.

Por amor se sufre.

Por amor se entrega la vida.

Hoy, cuando vuelvo a contemplar la imagen del Cristo yacente, ya no puedo detenerme únicamente en sus heridas. Casi sin darme cuenta, escucho de nuevo la voz serena de María José invitando a sus alumnos a mirar más hondo. Entonces comprendo que algunos maestros siguen enseñando incluso después de haber partido a la Casa del Padre. Porque quienes han dedicado su vida a conducir a otros hacia la verdad nunca dejan del todo el aula. Su última lección permanece viva en quienes tuvieron la suerte de escucharles.

Gracias, María José.


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