El texto evangélico se sitúa en la más plena teología esponsal de la Sagrada Escritura.
La comparación del Reino de Dios versa, en la parábola, sobre la celebración de la boda que el Rey prepara para su hijo.
Evidentemente, en la teología simbólica, se refiere a la boda que el Padre prepara para su Hijo con la Iglesia, y por extensión con toda la humanidad.
La expresión “todo está a punto. Venid a la boda” se repite con ternura.
Contiene todo el gozo y el amor del Rey por la boda de su Hijo, que contrasta con la fría indiferencia de los invitados.
Primero, hacen caso omiso, y luego incluso, rechazan y maltratan a los emisarios, en una referencia velada a los profetas.
Los invitados, “convidados”, prefieren sus posesiones y sus negocios.
Finalmente, en una visión universal, sin excepción, el rey manda a sus servidores o criados, “diakonos” a que, en los cruces de caminos, llamen a todos cuantos encuentren, los que se lo merecen y los que no, buenos y malos, conocidos y desconocidos, como la parábola “de la red que lo recoge todo”.
El rey tiene aún el gozo de ver que están todos, como el dueño de la viña que se alegra de ver a todos trabajando en su viña.
Pero se da cuenta, con pesar, de que uno no lleva el vestido de fiesta lit.: “el vestido nupcial o de boda”.
No se ha molestado siquiera en ponérselo, a pesar de que eran unos vestidos que el organizador de las bodas facilitaba y daba espléndidamente.
Le corrige delicadamente y lo saca fuera.
Éste se queda sin palabras, avergonzado.
Dirigirse a él como “amigo”, “compañero”, es una expresión que también encontramos en el caso del que había escondido el talento, del que había trabajado desde la primera hora, y de Judas Iscariote (Mt 26,50).
Y todos ellos callan, avergonzados por el amor con que han sido amados y por la falta de correspondencia al amor gratuito del Señor y Amigo.
Entonces son arrojados fuera, “a las tinieblas”, allí donde no está el amor de Cristo, donde ha quedado patente que están sus míseros corazones, sus mentes calculadoras y sus espíritus mezquinos.
El vestido nupcial tiene una clara significación bautismal “revestidos de Cristo”: Gál 3,27 y Rom 13,14) y es signo de novedad de vida (Col 3,10).
Las bodas del Esposo son celebradas en la sangre y en el amor, en la Cruz.
De esta boda se participa ya aquí en la tierra, y se accede a ella con la consigna de los vestidos bautismales, ungidos, reales y sacerdotales, que han sido blanqueados por la sangre del Cordero.
Hay que leerlo todo desde el cántico del Apocalipsis: “Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” (Ap 19,7).
Todos son invitados al banquete de boda, buenos y malos.
El don ya ha sido dado gratis, sin hacer excepción de personas.
El pecado es la indiferencia al Amor, el pecado es no haber conservado el traje nupcial recibido, o el aceite para las antorchas; en definitiva, no haber velado en la espera del regreso del Esposo (Mt 25, 1-13).
El banquete nupcial está anunciado en la preciosa primera lectura, Isaías, donde el Señor invita a todos los pueblos, en una visión ciertamente universal, a su monte santo, allí donde el Señor será liberado, por su Resurrección, del velo y del sudario de la muerte.
La muerte, como último enemigo (1 Cor 15,26), será vencida.
Entonces “el Señor enjugará las lágrimas de todos los pueblos”.
San Pablo en la segunda lectura, termina su carta a los Filipenses con una doxología a Dios Padre que manifiesta “la magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús” en la caridad de la comunidad.
El banquete nupcial ya se anticipa en la Eucaristía y con el Salmo podemos cantar: “Preparas una mesa ante mí”.
La conclusión del gran Evangelio, como advertencia amorosa del Señor, es la siguiente: “Muchos (lit.: Todos) son los llamados, pero pocos los elegides”.
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