Tiene su comienzo en la tarde del Jueves Santo con la celebración de la
«Misa vespertina de la Cena del Señor» y se extiende hasta las vísperas del
Domingo de Resurrección. Los días del Triduo muestran facetas –momentos– de una
misma y única Pascua de Cristo. Sin embargo, los distintos avatares por los que
ha pasado el año litúrgico y la necesaria pedagogía de la liturgia han
desplegado su riqueza en el espacio de tres días y han desarrollado una
contenida «dramatización ritual» que ayuda a visualizar los misterios centrales
de la fe cristiana y a reproducir los necesarios sentimientos de adhesión al
misterio que se celebra.
Aquella misma memorable Cena
El lavatorio de los pies, históricamente no siempre realizado dentro de la
Misa y a los fieles laicos, reproduce, a su modo, la misma dinámica de entrega
de Jesús en la cruz: «dramatiza» su absoluto abajamiento y recuerda su «mandatum»
de amor fraterno. Hay que hacer notar que, en otras liturgias, este rito tiene
sentido bautismal pues representa la purificación con el agua del nuevo
nacimiento.
La reserva y adoración del Santísimo ha de ser concebida especialmente
desde la perspectiva sacrificial de la Eucaristía. Quien está en el sagrario es
quien se entregó en la cruz y quien sigue haciéndolo en cada celebración. Por
eso, en los tiempos de oración posteriores, se recomienda la meditación de los
capítulos 13-17 de San Juan.
La muerte victoriosa del Señor
La entrega de Cristo a la voluntad del Padre que cumplió en toda su vida
llega a su máxima expresión en la cruz alcanzando la vida nueva para todos;
esto es lo que se conmemora con la impresionante «Celebración de la Pasión del
Señor» cargada de emoción contenida en la tarde del Viernes Santo. Todos los
ritos de este día han de ser contemplados desde la cruz y la pasión: pasión
proclamada (las lecturas de la palabra de Dios que llegan a su culmen en la
pasión según San Juan), pasión invocada (la solemne oración universal que
manifiesta la universalidad de la salvación), pasión adorada (adoración de la
Santa Cruz), pasión comulgada (Sagrada Comunión con el Cuerpo del Señor
consagrado el Jueves Santo). Es el día de la cruz por excelencia; ella es el
leño nuevo que, en contraposición a aquel del paraíso, es causa de salvación y
derrota del mal, de modo que «donde tuvo origen la muerte, de allí
resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido».
Los cantos que señala el Misal ofrecen una maravillosa meditación exaltando el
signo e instrumento de la salvación y la pregunta desgarrada y sin respuesta
que Cristo dirige a los hombres desde la cruz: «¡Pueblo mío! ¿Qué te he
hecho, en qué te he ofendido? Respóndeme».
Un gran silencio envuelve la tierra
El Sábado Santo es la celebración del tiempo detenido, del silencio y de la
espera. Es el día en que la Iglesia entera contiene la respiración ante la
contemplación de Cristo depositado en el sepulcro. Este silencio es roto
únicamente por la celebración de la Liturgia de las Horas que muestra
progresivamente el dolor de la Iglesia, el descanso del Señor, su descenso al
lugar de los muertos y la espera de la victoria.
Triunfante se levanta
La celebración anual de la Pascua comienza con la «Vigilia Pascual» una vez
que ha llegado la noche; no se trata del último acto del Sábado Santo, sino que
es ya la celebración del Domingo de Pascua. La Iglesia entera se reúne en
oración prolongada durante la noche en la espera de la resurrección del Señor,
de ahí el carácter vigiliar por el que se distingue esta celebración. Su
riqueza lírica, simbólica, ritual, oracional y sacramental trata de mostrar y
celebrar desde las más variadas perspectivas el gran misterio de la
Resurrección de Cristo presente en la vida de los hombres: la luz que vence las
tinieblas de la muerte (lucernario), la unidad de toda la historia salvífica en
Cristo y su misterio pascual (extensa liturgia de la palabra), la pascua del
cristiano por medio del bautismo y la confirmación (liturgia bautismal) y,
finalmente, la celebración de la Eucaristía, momento culminante de la Vigilia,
sacramento pascual por excelencia, memorial de la muerte y resurrección del
Señor, plenitud de la Iniciación Cristiana, anticipo de la Pascua eterna. La
Misa del día de Pascua es continuación y prolongación diurna de los contenidos
festejados en la gran noche. El Triduo Pascual y la Semana Santa están llegando
su fin, se abre ahora un precioso espacio para meditar sobre la Pascua de
Cristo y la Pascua de la Iglesia.
Luis García Gutiérrez,
Director de Secretariado de la Comisión
Episcopal de Liturgia
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