El Santo Padre ha enviado un video mensaje por la clausura del Congreso «Mujer Excepcional» organizado por la diócesis de Ávila, la orden de Carmelitas descalzos y la universidad católica de Ávila con motivo del L aniversario de la proclamación de Santa Teresa de Jesús como doctora de la Iglesia.
Comunicado del Papa
Francisco a la diócesis de Ávila
Saludo cordialmente a los
participantes en el congreso universitario con el que se conmemora el
quincuagésimo aniversario de la proclamación de Santa Teresa de Jesús como Doctora
de la Iglesia.
La expresión «mujer
excepcional», que da título a vuestro encuentro, la utilizó San Pablo VI [1].
Estamos ante una persona que destacó en muchas dimensiones. Sin embargo,
conviene no olvidar que su reconocida relevancia en estas dimensiones no es más
que la consecuencia de lo que para ella era importante: su encuentro con el
Señor, su «determinada determinación» (así dice ella) de perseverar en la unión
con Él por la oración, su firme propósito de realizar la misión que le había
sido encomendada por el Señor, al que se ofrece con sencillez diciendo (con ese
lenguaje siempre, y hasta uno diría hasta de campesina): «Vuestra soy, para Vos
nací,/¿qué mandáis hacer de mí?» [2]. Teresa de Jesús es excepcional, ante
todo, porque es santa. Su docilidad al Espíritu la une a Cristo y queda «toda
abrasada en el amor de Dios» [3]. Con palabras bellas expresa su experiencia
diciendo: «Ya toda me entregué y di,/y de tal suerte he trocado,/que es mi
Amado para mí,/y yo soy para mi Amado» [4]. Jesús había enseñado que de lo que
rebosa el corazón habla la boca (Lc 6,45). La audacia, la creatividad y la
excelencia de Santa Teresa como reformadora son el fruto de la presencia
interior del Señor.
Decimos que «no estamos
viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época» [5]. Y en
este sentido, nuestros días tienen bastantes similitudes con los del siglo XVI
en que vivió la Santa. Como entonces, también ahora los cristianos estamos llamados
a que, a través de nosotros, la fuerza del Espíritu Santo siga renovando la faz
de la tierra, en la certeza de que, en el último término, son los santos
quienes permiten que el mundo avance, aproximándose a su meta definitiva.
Es bueno recordar la
llamada universal a la santidad que hace el Concilio Vaticano II (cf. LG
39-42). «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados
a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad
favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano. Para
alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la
medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al
servicio del prójimo» (LG 40). La santidad no es sólo para algunos
«especialistas de lo divino», sino que es la vocación de todos los creyentes.
La unión con Cristo, que los místicos como Santa Teresa experimentan de forma
especial por pura gracia, la recibimos a través del Bautismo. Los santos nos
estimulan y nos motivan, pero no están para que tratemos literalmente de
copiarlos. La santidad no se copia, «porque hasta eso hasta podría alejarnos
del camino único y diferente que el Señor tiene para cada uno nosotros. Lo que
interesa es que cada creyente discierna su propio camino» [6]. Cada uno de
nosotros tiene su propio camino de santidad, de encuentro con el Señor.
De hecho, la misma Santa
Teresa advierte a sus monjas que la oración no es para experimentar cosas
extraordinarias, sino para unirnos a Cristo. Y el signo de que esta unión es
real son las obras de caridad. «Para esto es la oración, hijas mías –dice en
Las Moradas–; de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre
obras, obras» [7]. Ya antes, en ese mismo libro, había advertido: «cuando yo
veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas
cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento
porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver
cuán poco entienden el camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí
está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor; y que si ves
una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa
devoción y te compadezcas de ella… esta es la verdadera unión con su voluntad» [8].
En definitiva, «lo que mide la perfección de las personas es su grado de
caridad, no la cantidad de datos y conocimientos acumulados» [9], u otras cosas
por el estilo.
Santa Teresa nos enseña que
el camino que la hizo una mujer excepcional y una persona de referencia a
través de los siglos, el camino de la oración, está abierto a todos los que
humildemente se abren a la acción del Espíritu en sus vidas, y que la señal de
que estamos avanzando en ese camino es ser cada vez más humildes, más solícitos
a las necesidades de nuestros hermanos, mejores hijos del Pueblo santo de Dios.
Tal camino no se abre a los que se tienen a sí mismos por puros y perfectos,
los cátaros de todos los siglos; sino a los que, conscientes de sus pecados,
descubren la hermosura de la misericordia de Dios, que acoge a todos, redime a
todos, y a todos llama a su amistad. Es interesante cómo la conciencia del
propio ser pecador es lo que abre la puerta al camino de santidad. Santa
Teresa, que se tenía a sí misma por «muy ruin y miserable» (así se define),
reconoce que la bondad de Dios «es mayor que todos los males que podamos hacer,
y no se acuerda de nuestra ingratitud… Acuérdense de sus palabras y miren lo
que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó
de perdonarme». Nos cansamos nosotros primero de ofender a Dios, de andar por
caminos raros, que Dios de perdonarnos. Él nunca se cansa de perdonarnos;
nosotros nos cansamos de pedir perdón. Y ahí está el peligro.
«Nunca se cansa de dar ni
se pueden agotar sus misericordias. No nos cansemos nosotros de recibir» [10],
abriendo el corazón con humildad. Uno de sus pasajes preferidos de la Escritura
era el primer versículo del Salmo 89 del que hizo, en cierto sentido, lema de
vida: cantaré eternamente las misericordias del Señor. Ese “misericordiar” de
Dios.
La oración hizo de Santa
Teresa una mujer excepcional, una mujer creativa e innovadora. Desde la oración
descubrió el ideal de fraternidad que quiso hacer realidad en los conventos
fundados por ella: «aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas
se han de querer, todas se han de ayudar» [11]. Y cuando yo veo las “peleítas”
en algún convento, dentro de un convento, o las “peleítas” entre conventos (que
si yo soy de aquí, que yo soy de allá; que si interpreto así; que si acepto
esto de la Iglesia, que si no lo acepto), las pobres monjas se olvidaron de la
Fundadora, de lo que les enseñó.
En la oración se supo
tratada como esposa y amiga por Cristo Resucitado. A través de la oración se
abrió a la esperanza. Y con este pensamiento quiero terminar este saludo.
Vivimos nosotros, como la doctora de la Iglesia, «tiempos recios», tiempos nada
fáciles que necesitan amigos fieles de Dios, «amigos fuertes de Dios» [12]. La
gran tentación es ceder a la desilusión, a la resignación, al funesto e
infundado presagio de que todo va a salir mal. Ese pesimismo infecundo. Ese
pesimismo de personas incapaces de dar vida. Algunas personas, asustadas por
estos pensamientos, tienden a encerrarse, a refugiarse en pequeñas cosas.
Recuerdo el ejemplo de un convento, donde todas sus monjas estaban refugiadas
en pequeñas cosas. No voy a decir el nombre ni el lugar, pero lo llamaban el
“convento cosita, cosita, cosita”, porque todas estaban encerradas en pequeñas
cosas, como refugio; cerrados en proyectos egoístas que no edifican la
comunidad: más bien la destruyen. En cambio, la oración nos abre, nos permite
gustar que Dios es grande, que está más allá del horizonte, que Dios es bueno,
que nos ama. Y que la historia no se le ha escapado de las manos. Puede que
transitemos por cañadas oscuras (cf. Sal 23,4). No le tengan miedo si está el
Señor con ustedes. Él no deja de caminar a nuestro lado y de conducirnos a la
verdadera meta que todos anhelamos: la vida eterna. Podemos tener ánimo para
cosas grandes, porque sabemos que estamos favorecidos de Dios [13]. Y junto a
Él, somos capaces de alcanzar cualquier reto, porque en realidad sólo su
compañía es la que desea nuestro corazón y la que nos otorga la plenitud y el
gozo de los que hemos sido creados. Esto lo resumió la Santa en una conocida
oración que les invito a rezar con frecuencia:
Nada
te turbe,
nada
te espante;
todo
se pasa,
Dios
no se muda.
La
paciencia
todo
lo alcanza.
Quien
a Dios tiene
nada
le falta.
Sólo
Dios basta.
Que
Jesús les bendiga, la Virgen y San José los acompañen. Y, por favor, no se
olviden de rezar por mí.
[1]
Homilía en la Proclamación de Santa Teresa de Jesús como Doctora de la Iglesia,
Roma 27 de septiembre de 1970.
[2]
Santa Teresa de Jesús, Poesías, 5 (citadas según la numeración de la edición de
Editorial de Espiritualidad, Madrid 19944).
[3]
Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida 29, 13.
[4]
Santa Teresa de Jesús, Poesías, 2.
[5]
Cf. por ejemplo, Discurso a la curia romana con motivo de las felicitaciones
navideñas, 21 de diciembre de 2019.
[6]
Ibid. 11.
[7]
7 Moradas 4,6.
[8]
5 Moradas 3,11.
[9]
Gaudete et exultate, 37.
[10]
Vida 19,15.
[11]
Camino de perfección (Códice de Valladolid), 4, 7.
[12]
Vida, 15, 5.
[13]
Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 10,6: «es imposible, conforme a nuestra
naturaleza –a mi parecer– tener ánimo para cosas grandes quien no entiende
estar favorecido de Dios»
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