Las bienaventuranzas del Reino
El Sermón de la Montaña,
la carta magna
de la predicación de Jesús, empieza con la proclamación de las bienaventuranzas.
¡Toda la enseñanza del Señor está ahí!
"Makárioi" significa "dichosos
según Dios", no según
"el mundo",
en sentido joánico.
"Bienaventurados" podría
traducirse como "bendecidos por el Señor" o "consagrados al
Señor": son quienes le
pertenecen.
El Reino no es algo prometido, sino algo concedido,
ya dado: el Reino es Dios mismo y no otra cosa.
El pasivo divino lo expresa: Dios es riqueza de los pobres, tierra prometida
para los desheredados, misericordia suma para los misericordiosos, consuelo
para los afligidos, saciedad para los que tienen hambre y sed de justicia, hijos
suyos porque han trabajado
por la paz, y dignos de contemplarle por ser limpios
de corazón.
Los dones del Reino que el Señor da
comparten el tiempo y la eternidad: llenan el presente
y se manifestarán plenamente después.
La recompensa del cielo
es Dios mismo, por eso deben alegrarse y hacer fiesta.
Dios es la fuente de la dicha.
Dios y sólo Dios es fuente de alegría.
Jesús, en la montaña,
como nuevo Moisés, proclama
la Nueva Alianza,
y los discípulos, con una actitud de inmensa confianza, se acercan a Él.
Ellos manifiestan "el
pueblo humilde y pobre que buscará refugio en el nombre del Señor",
primera lectura.
Las bienaventuranzas que el Señor
predica en la luminosa Galilea volverá a predicarlas desde la cátedra de la
Cruz.
La Iglesia no debe tener otra pretensión
sino manifestarse como el pueblo de
las bienaventuranzas.
Unas bienaventuranzas que debe
mostrar en su vida, es decir, en la existencia de todos y cada uno de los
creyentes.
Por esos caminos transcurre su peregrinación en este mundo.
Por esas ocho vías va hacia Dios.
San Juan Clímaco, en su obra "Escala del paraíso", enseña que las
bienaventuranzas son como una ascensión espiritual.
Realmente, es un don y el combate
de toda una vida, pero sobre todo son siempre gracia y don del Espíritu Santo.
"El pueblo humilde y pobre" que escuchaba al Señor queda
reflejado o mostrado por la comunidad de Corinto, segunda lectura, formada por
gente de condición muy sencilla, pero a quien, por tres veces,
Pablo afirma que Dios ha elegido.
También a cada uno de nosotros
nos ha escogido, de manera que estamos,
lit.: somos en Cristo Jesús,
el cual se ha hecho para nosotros "sabiduría, justicia, santificación y
redención" (cf. 1 Cor 1, 27-30).
En lo juzgado como débil y necio
por el mundo resplandece aún más la gloria y el poder
de Dios.
En el Salmo responsorial, las bienaventuranzas se convierten en canto de
alabanza.
En otro sentido, también el Señor
refleja en las bienaventuranzas su propia persona, ya que Él las vivió una por
una y en plenitud.
Por eso, uno de los himnos
cristianos más antiguos canta: "¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste inmortal, Santo y feliz,
Jesucristo!".
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