SÁBADO DE LA III SEMANA
DEL TIEMPO ORDINARIO
SANTO TOMÁS DE AQUINO,
presbítero y doctor de la Iglesia
El 6 de diciembre de 1273, habiendo celebrado la Misa de San Nicolás, cuando Reginaldo, su secretario, esperaba que Santo Tomás reanudara el dictado teológico habitual, éste le respondió: "Reginaldo, no puedo, porque todo lo que he escrito parece como paja para mí".
Después de la experiencia mística
ocurrida durante la Eucaristía,
ya no escribió nada más, pero su obra teológica es ingente y determinante en el pensamiento cristiano.
Por obediencia emprendió el camino para participar en el Concilio de
Lyon, pero sufrió un accidente y enfermó
gravemente.
Fue acogido en la abadía de Fossanova, donde los monjes cistercienses le atendieron.
Tras haber recibido la Unción
exclamó: "Yo te recibo, rescate de mi alma. Por amor a ti he estudiado y velado, trabajado,
predicado y he enseñado".
Falleció el día 7 de
marzo de 1274.
Misa: Heb 11, 1-2. 8-19; Lc 1, 69-70. 71-72. 73-75; Mc 4, 35-41
El capítulo de las parábolas termina con la "cristofanía" de la tempestad calmada.
Las fuerzas del Mal quieren impedir
que la Palabra sea proclamada en tierras paganes, "la otra orilla".
El escenario es la noche, la tempestad, el miedo y la barca casi a la deriva.
Jesús duerme confiado en la misión que el Padre le ha confiado.
El relato es una catequesis sobre la vida y la travesía de la Iglesia, que deberá
vivir en la fe, como si el Señor no estuviese.
En Marcos, la barca simboliza
la Iglesia.
Los discípulos despiertan al Señor con una
palabra que suena a reproche.
Con ironía, el evangelista resalta cómo el Maestro
les había prometido la vida eterna y ahora ellos persiguen salvar su vida temporal:
"¿No te importa
que nos hundamos?"
Jesús, en una imagen que preludia
su gloriosa Resurrección, se levanta "exsurgens" e increpa al mar, casi
como un exorcismo.
El mar es una realidad creada que no puede escuchar, pero pertenece al Padre y, por
tanto, también a Jesús: por ello se calma,
"Et facta est tranquillitas magna".
Se necesita una inmensa serenidad y paciencia para llegar a
puerto, al destino.
No dejemos que olas del desánimo inunden
la barca eclesial ni nuestra vida.
Jamás creamos que no importamos al Señor.
Él nunca deja de amarnos.
En la travesía eclesial no vamos solos: Jesús está con
nosotros y navegamos al viento del Espíritu Santo, confiados todos en, con el Padre.
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