El texto del Evangelio forma parte del Sermón del Monte.
La perícopa que leemos
hoy, pues, sigue el texto de las Bienaventuranzas.
En la medida en que las hagan suyas y las pongan en práctica, los discípulos serán "luz
del mundo y sal de la tierra".
Tanto la luz como la sal son para
iluminar y salar respectivamente y, por tanto, no es extraño que si no ejercen
esta función la sal sea pisada por la gente, no sirve de nada, y la luz deje de
ser puesta "en lo alto".
Los discípulos de Jesús, como "sal", signo
de incorrupción, llevan en
ellos la memoria
del Reino de manera
incorruptible; y se convierten en "luz" por su manera
de vivir, las bienaventuranzas y sus "buenas obras", el bien que han obrado.
Por estas acciones, la gente
alabará al Padre del cielo, no a ellos, de manera que todo el mundo se eleve
hacia Dios.
El Nuevo Testamento reclama como propio el bello texto
de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura y que
adquiere aún más sentido con la lectura
del Evangelio: "Entonces surgirá tu luz como la aurora".
El cristiano es irradiación de la
luz de la bondad divina.
Esto se expresa maravillosamente en el bello Salmo 111: "el justo" refleja la bondad divina
y los mismos atributos de Dios "clemente y compasivo".
Sin Cristo, los cristianos no pueden ni salar ni
iluminar nada.
En la segunda lectura,
se proclama el fragmento de 1Co conocido como "Discurso de la Cruz".
El Cristo crucificado es el
objeto de la fe, y la predicación cristiana
no se fundamenta en la "persuasiva sabiduría
humana sino en la
manifestación y el poder del Espíritu,
es decir, en el poder de Dios".
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