El libro de la Sabiduría es una verdadera profecía de la Pasión del Señor.
Es admirable que el autor sagrado escribiese un guion que siglos más tarde el Señor representaría.
El Señor anuncia por segunda vez en el camino hacia Jerusalén su Pasión.
Por eso hoy el Salmo lo canta Jesús unido a la Iglesia: "El Señor sostiene mi vida".
Los discípulos escuchaban, pero no entendían o no querían entender, les daba miedo y por el camino discutían algo tan trivial como "quién de ellos era el más importante".
El Señor de manera clara enseña la inversión: el primero debe ser el último.
Como Él, que en la Cruz será el último para ser Hermano de todos.
Es la ley del abajamiento, "kénosis" y de la exaltación, clave en la teología de Marcos.
Como escribía la santa de Lisieux a su hermana Celina: "La sola cosa que nadie envidia es el último lugar. Este último lugar es pues, lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu (…). Corramos al último lugar. Nadie vendrá a disputárnoslo» (Carta 243).
Jesús entonces hace un signo profético: acerca un niño pequeño y lo abraza.
El niño recibía así su bendición y la de toda la Trinidad.
El niño propiamente le representaba a Él, el Hijo amado del Padre.
Con el chiquillo anónimo en brazos, Jesús muestra la Santa Trinidad: el Padre que se manifiesta en el Hijo, en el amor del Espíritu Santo.
Es un gesto de amor y de comunión.
Más aún: el enviado está en el lugar del que envía.
Toda la Trinidad está aquí.
Se realiza una sustitución: el niño es el sacramento del Señor, no por ser simplemente un niño, sino porque el amor del Señor resplandece en él, irradia todo a su alrededor.
Cuando los discípulos llevan el amor del Señor a las personas, a las realidades, a los más pequeños, todo se transforma y es iluminado.
El amor del Señor transfigura todas las realidades.
No es simplemente un niño, es mucho más: es uno de aquellos "pequeños" puesto en brazos del Señor, amado por Él.
Hay como una especie de censura y desmentido inmediato en la afirmación de Jesús, "no es a mí, sino al que me ha enviado": para dejar lugar al Padre, para hacer entrever el misterio de la presencia del Pa-dre.
En la segunda lectura, el apóstol Santiago compone un verdadero himno a la Sabiduría.
Jesús es la Sabiduría de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario