El apóstol Santiago enseña que la fe sin las obras no es nada.
Una fe que proclama Pedro en el Evangelio: "Tú eres el Mesías".
Pero inmediatamente Jesús anuncia su Pasión.
Su misión tiene como horizonte y plenitud de su obediencia al Padre, la Cruz.
Tampoco la palabra de Jesús sería nada sin la obra de la Pasión.
Las "obres" que autentifican la fe implican el negarse a sí mismo, cargar la propia cruz y seguirle.
El cristiano sabe que la propia cruz forma parte de la que el Señor mismo llevó por todos.
Él va delante en la Pasión y en la Gloria.
Los que pueden ir con Él son los que queremos perder la vida por Él y "por el Evangelio".
Es la única manera de salvarla, y por eso caminamos "en presencia del Señor en el país de la vida" cantamos en el Salmo.
La asamblea, en la antífona de la comunión, canta: "Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios. Los humanos se acogen a la sombra de tus alas".
Son las alas de los querubines que rodeaban el Arca de la gloria de Dios; los cristianos se sienten habitados por la misma gloria y presencia cuando se acercan al altar y reciben el santísimo Cuerpo y Sangre del Señor.
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