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domingo, 6 de octubre de 2024

LITURGIA DEL MATRIMONIO

 

La pregunta que los fariseos plantean a  Jesús no es gratuita, preguntan lo que ya saben; lo que pretenden es cuestionar la autoridad de Jesús.

Éste prepara su respuesta remitiendo a la autoridad de Moisés.

Ellos responden correctamente sobre la permisión del repudio. 

Jesús, sin embargo, sitúa la cuestión no en el plano de la dureza del corazón sino en referencia a la voluntad de Dios: en el principio de la creación, Dios creó el hombre y la mujer y "ambos serán una sola carne", "sarx".

La voluntad amorosa del hombre y de la mujer manifiesta la voluntad de Dios para con ellos, de manera que es Él quien les une y ninguna autoridad humana tiene capacidad de deshacer lo que Dios ha unido.

Jesús se sitúa aquí en la línea de lo máximo, de lo radical, de la entrega sin medida, del amor sin retorno.

Convertirse en "una sola carne" significa que los dos se hacen "una única persona".

Uno está en el interior del otro, no por aniquilación, sino por complementariedad.

A manera de la "perijóresis" trinitaria.

El texto debe leerse claramente a favor de la dignidad de la mujer, ya que el acto de repudio constituía un acto despótico, casi caprichoso, en el mundo antiguo.

Una mujer repudiada pasaba a ser una mujer marginada.

Aunque fuese con mala intención, gracias a la pregunta de los fariseos, el Señor aclara e ilumina la forma del matrimonio en la Nueva Alianza.

La enseñanza es reiterada de nuevo en la intimidad de Jesús con los discípulos en casa.

Pero allí sucede algo que primera vista no tiene nada que ver con lo anterior, Jesús bendice a los niños: son los hijos de las bodas santas de Israel,  el fruto de su amor, la razón de su unión.

El Salmo responsorial es el 127, "Dichoso el que teme al Señor" con el verso: "Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida".

Este Salmo, entonces y ahora, forma parte de la Liturgia del matrimonio.

Los hijos son el signo de la bendición de Dios y expresión de la fecundidad del amor humano.

En el fragmento de la carta a los Hebreos, segunda lectura, el autor escribe preciosamente: "El Señor, [Jesús] no se avergüenza de llamarlos hermanos, ya que el santificador y los santificados proceden todos del mismo".

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