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El Evangelio de hoy forma parte del "discurso apostólico": las enseñanzas de Jesús sobre el envío de los discípulos en misión.
Hasta tres veces aparece la expresión: "No tengáis miedo".
Pero sólo una vez les explica de qué deben tener verdaderamente miedo.
No deben tener miedo de proclamar "desde la azotea" lo que les ha dicho "al oído", porque el Evangelio está destinado a ser conocido por todo el mundo y nada ni nadie lo impedirá.
Esto les sitúa en una posibilidad de martirio, pero tampoco de eso deben tener miedo porque pueden matar el cuerpo, "pero no pueden matar el alma".
Más bien deben miedo de perder a Dios para siempre, como decía Santa Teresa en su poesia "Coloquio amoroso": "Lo que más temo es perderte".
En último término, el apóstol cristiano no debe tener miedo porque está en manos de Dios más de lo que se puede llegar a imaginar.
Dios, que se preocupa de todos los pájaros, "gorriones" y tiene contados "hasta los cabellos de la cabeza", ¡algo tan insignificante!, vela infinitamente más por sus hijos e hijas.
La primera lectura forma parte de las “Confesiones de Jeremías”: el profeta expresa su oración confiada en medio de la persecución, pero también da gracias de antemano.
La misión del Mesías, como la de sus discípulos, participa de la misión de los profetas.
En la segunda lectura, de la carta a los Romanos, el Apóstol explica la doctrina soteriológica que le caracteriza.
Es de una gran densidad teológica.

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