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viernes, 2 de enero de 2026

LA PEQUEÑEZ DE UN NIÑO

 

Navidad: 

Dios se hace cercano con la pequeñez de un niño

En Navidad Dios nace en la humildad. Nace un niño que es signo de luz y paz en medio de la oscuridad. Jesús es nuestra paz y la fuente de nuestra alegría. Él es nuestra esperanza, como dice el Evangelio. La Navidad es el tiempo en el que la Iglesia celebra el nacimiento de Jesús. Este acontecimiento, ocurrido hace más de dos mil años, se renueva cada año. En el tiempo de Navidadla Iglesia celebra el misterio de la manifestación del Señor: su humilde nacimiento en Belén. Y así podemos afirmar hoy, como nos recuerda el papa León XIV, que «Dios se hace cercano a la humanidad con la pequeñez de un niño».

El 24 de diciembre, con la celebración de la Natividad del Señor, en la misa de medianoche, en la Nochebuena, comienza el tiempo de Navidad en el calendario litúrgico para los cristianos, termina con la solemnidad del Bautismo del Señor, que es el domingo siguiente a la Epifanía, que celebramos el 6 de enero.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

ABREMONOS A LA PAZ!!!

 

Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2026: «¡Abrámonos a la paz!»

El papa León XIV ha preparado un mensaje para la la 59.ª Jornada Mundial de la Paz, que se celebra el 1 de enero de 2026. El mensaje lleva por título La paz esté con todos ustedes: hacia una paz “desarmada y desarmante”«¡La paz esté contigo!», así comienza el Santo Padre su mensaje en el que destaca la paz como «palabra» de Jesús resucitado: «Es su palabra, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe y, de ese modo, en toda la realidad».

En el mundo se observa un «contraste entre las tinieblas y la luz». Sin embargo, León XIV recuerda que «ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad» y que todo discípulo de Jesús está llamado a vivir esta realidad. «La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita “basta”, a la paz se le susurra “para siempre”».

«La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence»

El Santo Padre también advierte del riesgo de «olvidar la luz» y adoptar una mirada distorsionada del mundo: «Hoy no son pocos los que llaman realistas a las narraciones carentes de esperanza, ciegas ante la belleza de los demás, que olvidan la gracia de Dios que trabaja siempre en los corazones humanos, aunque estén heridos por el pecado». Para compartir esa paz, antes debe haber una amistad personal con ella, una que irradia en nuestra propia vida, como animaba a hacer San Agustín.

«¡Abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino», es la invitación del Papa a todo el mundo. En este contexto, León XIV recuerda también a las personas que trabajan por la paz, personas que resisten a la «contaminación de las tinieblas»: «[…] la paz de Cristo resucitado sigue atravesando puertas y barreras con las voces y los rostros de sus testigos. Es el don que permite que no olvidemos el bien, reconocerlo vencedor, elegirlo de nuevo juntos».

El Papa insiste en que la paz debe ser desarmada, es decir, no basada en el miedo, las amenazas ni las armas: «La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha […]». Es Cristo quien, antes de ser arrestado, dice a «los que estaban con Él: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo». E inmediatamente agrega: «¡No se inquieten ni teman!» (Jn 14,27)». La primera reacción de los discípulos fue de desconcierto, sin embargo, «el Maestro pidió que lo siguieran hasta el final». «El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: «Envaina tu espada» (Jn 18,11; cf. Mt 26,52)», escribe el papa León XIV.

También debe ser desarmante, capaz de resolver los conflictos, abrir los corazones y generar confianza mutua, empatía y esperanza. «La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño», detalla el Santo Padre. El mensaje de León XIV concluye pidiendo para que la paz «sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha impulsado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a comenzar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas».


lunes, 29 de diciembre de 2025

OCTAVA DE NAVIDAD

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


 La Iglesia dedica hoy a María el título más grande: "Madre de Dios" "Theotokos".

El título mariológico por excelencia es una profesión de fe cristológica.

Aquel que nos ha nacido es "vere Deus" y "vere homo" y María es verdaderamente la Madre de Dios, "más gloriosa que los querubines e incomparablemente más venerable que los serafines" según el himno "Agyos estin".

La solemnidad mariana de hoy es la más antigua que la Iglesia de Occidente dedica a la Bienaventurada Virgen María.

Es como si la Iglesia no pudiera irse de la cuna del Señor sin saludar a aquélla que nos dio el Verbo divino.

A pesar de que el inicio del año civil no tiene ningún significado litúrgico hay que tenerlo en cuenta pastoralmente.

En la primera lectura, encontramos la bendición sacerdotal que Israel utilizaba en su fiesta del año nuevo.

Bendición que los sacerdotes impartían al pueblo de Israel y que luego san Francisco utilizó a menudo.

El Salmo responsorial es la súplica y el deseo del pueblo a una sola voz: "Que Dios tenga piedad y nos bendiga".

En Navidad, Dios nos ha hecho ver la claridad de su mirada, que descubrimos en la del Niño Jesús y, por ello, todos los pueblos han de alabar al Señor.

En la segunda lectura, San Pablo proclama que la revelación del Dios viviente no es mitológica, sino que se realiza en la historia.

El Hijo de Dios nació de una mujer, María, y, siendo así, vivimos en la plenitud de los tiempos, en la condición de la libertad de los hijos e hijas de Dios, en la participación del mismo Espíritu que nos hace clamar "¡Abba”, "Padre!": "si eres hijo, eres también heredero".

El nacimiento de Jesús en la historia es nuestro nacimiento en la vida de Dios.

Es el admirable intercambio: Dios se ha hecho hombre, para que nosotros fuéramos hijos de Dios.

En el Evangelio de Lucas, Jesús es circuncidado, el primer derramamiento de su sangre, al octavo día de haber nacido, ya que nació bajo la Ley y forma parte de la primera Alianza.

Su padre y su madre imponen el nombre al niño: se llamará Jesús, como les había sido indicado.

Es un nombre "teóforo" que significa "él lleva la salvación de Dios" (Mt 1,21).

María es la primera memoria de la Iglesia: ella es quien conserva todas estas palabras-eventos, "dabar" en su corazón y las medita.

Las reflexiona en su oración, una y otra vez, para descubrir sus significados, "rumiatio".

El corazón de María es el primer "archivo" y está llamada a ser la primera archivera de la Iglesia.

De su corazón brotará el Evangelio de la gracia.

El corazón de María es el corazón de la Iglesia que estos días medita, contempla, adora y se atreve a interpretar, hacer "hermenéutica" del significado de la Navidad de Jesús para la humanidad entera, para cada uno de nosotros.

Así lo hará a lo largo de todo el Año de gracia, que es el Año Litúrgico.

martes, 23 de diciembre de 2025

YA LLEGA LA NAVIDAD!!!

Misa de la vigilia:

Is 62, 1-5; Sal 88, 4-5. 16-17. 27 y 29; Hch 13, 16-17. 22-25; Mt 1, 1-25; (forma breve: Mt 1, 18-25)

 

En la "Misa de la vigília" de Navidad se proclama el "gènesis" del Mesías según Mateo, la genealogia, que concluye con el relato de su concepción virginal por obra del Espíritu, y su nacimiento.

Mateo necesita toda la genealogía de Jesús para afirmar que Jesucristo, ungido por el Espíritu Santo, es hijo de David e hijo de Abraham.

Es hijo de David por razón del santo patriarca José que, como padre jurídico, le da el linaje davídico.

Es hijo de Abraham, del pueblo de la fe, porque la promesa hecha a Abraham se cumple en Cristo.

Se ha de interpretar el significado teológico de los nombres del árbol genealógico de Jesús para poder comprender que es hijo de una humanidad pecadora que ha venido a  redimir.

El relato termina con la "palabra de cumplimiento": La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-no-sotros".

Su concepción virginal por obra del Espíritu Santo, y el hecho de llamarlo "Mesías", anticipa la fe dogmática de la Iglesia: es consustancial, como hombre, a la  madre, por ella, con nuestra humanidad, pero como Dios, es consustancial con el Padre,  por Él, con su divinidad.

El bellísimo oráculo del III Isaías revela que Navidad es un misterio nupcial.

Las bodas eternas de Dios con la humanidad, en la persona del Hijo, se realizan "in mysterio" en la nupcialidad de la Iglesia con Cristo.

Unas nupcias que brillan como una luz sobre el mundo entero: "Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria" y la Iglesia, el nuevo Israel, devendrá una "corona fúlgida en la mano del Señor".

Él estará contento de tenerla, en una íntima relación de amor,  "como se regocija el marido con su esposa".

En el Salmo se proclama que Jesús es el verdadero David: "Él me invocará: “Tú eres mi Padre".

Es lo mismo que Pablo predica en Antioquía de Pisidia, según los Hechos, en la segunda lectura: "Según lo prometido, Dios sacó de su descendència, David, un salvador para Israel: Jesús".

Misa de medianoche:

Is 9, 1-6; Sal 95, 1- 2a. 2b-3. 11-12. 13; Tit 2, 11-14; Lc 2, 1-14

 

Las seculares lecturas de la Noche de Navidad tienen como centro el anuncio angélico: "No temáis, os traigo una gran alegría (...) hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor".

La señal es el Niño fajado y recostado en un pesebre.

La narración de Lucas tiene ya como trasfondo la Resurrección del Señor.

En el icono de la Navidad, el niño, envuelto en pañales, aparece en el fondo de la cueva oscura para significar el sepulcro.

Los pañales prefiguran ya el sudario del Señor en el sepulcro.

En un evento y en otro se hace presente la "teofanía angélica".

Tanto el Nacimiento como la Resurrección del Señor son motivo de una gran alegría.

Uno y otro deben ser anunciados.

La doxología mayor de la Misa comienza con las palabras que los ángeles cantaron en la primera noche de Navidad.

El nacimiento del Señor es la aparición, la epifanía gloriosa "de Jesucristo, gran Dios y Salvador nuestro", segunda lectura, y "el pueblo que caminaba en las tinieblas", la historia de los Hombres, "vio una luz grande", primera lectura.

Los Salmos reales del cántico nuevo”, 95, 96 y 97, resuenan exultantes en las  tres Misas de Navidad.

Los fieles, "laeti et triumphantes", adoramos al Señor que por nosotros ha nacido en Belén de Judá.

 

Celebraciones del día

Misa de la aurora

Is 62, 11-12; Sal 96, 1 y 6. 11-12; Tit 3, 4-7; Lc 2, 15-20

 

La antífona de entrada de la Misa canta: "Hoy brillará una luz sobre nosotros".

Esta luz, los pastores la vieron resplandecer en el rostro del Niño Jesús tras el anuncio del ángel.

El Evangelio de esta "Misa de la aurora" es continuación del Evangelio de la "Misa de medianoche" de ayer: los pastores confirman con su ida a Belén la palabra-evento que les había sido anunciada, "conforme a lo que se les había dicho".

Habiendo recibido la confirmación, se convierten en los primeros misioneros del Niño y participan del ministerio de los ángeles, no sólo anunciando el evento,  sino con su alabanza a Dios.

Como pastores, prefiguran el ministerio apostólico.

En el sentir, lo que hacían los ángeles ahora lo hacen los pastores.

Como lo habían hecho ellos, ahora también todos se admiraban de lo que decían los pastores.

La Navidad de Jesús llena a todos de estupor en sentido teológico.

De manera sorprendente Lucas menciona a María: "conservaba estas cosas, meditándolas en su corazón".

Nada referido al Hijo es olvidado por ella, ya que todo tiene un significado  para ella y su misión.

Ella es el inicio de la memòria, "shemá" de la Iglesia.

La contemplación cristiana versará siempre sobre la humanidad del Hijo.

San Pablo, en la segunda lectura, hace comprender que el nacimiento de Jesús es, de hecho, la revelación del Dios vivo, ya que cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre, lo hizo gratuitamente (no por las obras que nosotros podíamos haber hecho). El oráculo de Isaías se aplica a la Iglesia: ella es la hija de Sión que, llena de júbilo, puede escuchar hoy: Mira a tu salvador, que llega. De esta manera amanece la luz para el justo, como cantamos en el Salmo: es el día que la Luz resplandece para nosotros, porque nos ha nacido el Salvador.


 

Misa del día

Is 52, 7-10; Sal 97, 1bcde. 2-3ab. 3cd-4. 5-6; Heb 1, 1-6; Jn 1, 1-18; (forma breve: Jn 1, 1-5. 9-14)

 


Desde los inicios de la configuración del Año litúrgico en Occidente no se conoce otro Evangelio para la "Misa del día" de Navidad sino el Prólogo de san Juan.

Aunque se permitan los otros Evangelios del nacimiento del Señor, no se deben preferir a éste.

El prólogo del IV Evangelio es la gran proclamación de la verdad fundamental de la fe cristiana: el Verbo de Dios, coeterno con el Padre, se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros.

Nosotros "hemos contemplado su gloria", en el don del Espíritu Santo, revelada como gracia y verdad: "De su plenitud, pleroma, hemos recibido gracia tres gracia".

El pueblo cristiano tiene derecho a escuchar el día de Navidad el más alto y sublime texto referente a la Encarnación del Verbo.

Es esto lo que celebramos y por lo que inmensamente nos alegramos.